Casa de Eduardo Montero
A diferencia de las calles alineadas por las que discurre la Ruta 1 (LA CIUDAD BURGUESA), la Ruta 2 (LA CIUDAD HISTÓRICA) se adentra por un recorrido de vías más tortuosas y estrechas. Avanzamos desde la Plaza de Nicasio Gallego hacia la calle de la Reina y, poco antes de la Puerta de Doña Urraca, giramos a la izquierda por la angosta y medieval calle de la Madre Bonifacia Rodríguez de Castro. En el número seis hallamos la Casa Montero.
A pesar de sus reducidas dimensiones, se distingue perfectamente gracias al gran mirador y al colorido que aporta el ladrillo. El uso de ese material singulariza el inmueble de muchos otros trazados por Ferriol, aunque no es el único en el que lo empleó. De hecho, en el número dos de la calle de la Costanilla se eleva la Casa Sever (1910), donde el catalán optó por el mismo tipo de fábrica. Cabe aclarar que este inmueble no se ha incluido en esta guía por su dificultad para clasificarlo como modernista. En la Casa Montero el ladrillo aporta policromía, un elemento distinguible del Modernismo, especialmente de raíz catalana, ampliada con la presencia tanto de piezas cerámicas como de la sillería.
La puerta de ingreso a la finca es de una gran belleza. La talla es exquisita, la forma del montante es original y la forja plenamente modernista. Se trata de unos trabajos de hierro que el arquitecto también propuso en las barandillas de los ventanales contiguos pero, finalmente, fueron sustituidos por rejas. Un gran mirador cubre la totalidad de la primera planta. Es, junto con el de la Casa Horna, el único original de madera que se conserva de los diseñados por Ferriol. Plenamente modernista, alterna tramos de diferente altura, con una solución acastillada que recuerda a la empleada por este arquitecto en algunos inmuebles tanto en Barcelona como en Zamora. El técnico también propuso diferentes formas para los marcos de los vidrios, contribuyendo al dinamismo de la galería. No obstante lo dicho, en el plano de Ferriol los detalles modernistas eran mucho más abundantes de los que vemos hoy. La comparación con el inmueble que flanquea la Casa Montero por la derecha, testimonio de las viviendas tradicionales de Zamora, certifica la gran aportación que el Modernismo tuvo en nuestra ciudad a la hora de transformar el tejido urbano con construcciones singulares que embellecían las aceras.
La ruta por la ciudad histórica avanza hacia el oeste. Por la calle de la Madre Bonifacia desembocamos en la plaza de Santa María la Nueva, presidida por la magnífica iglesia románica del mismo nombre y la trasera del antiguo Hospital de la Encarnación, hoy sede de la Diputación Provincial. Superados ambos, se gira a la izquierda e inmediatamente a la derecha, para continuar por la calle de las Damas hasta llegar al parque de San Martín. Este fue uno de los principales paseos de la ciudad hasta la consolidación del de la Marina Española y se urbanizó a raíz de que Zamora perdiera la condición de plaza de guerra en 1869. A partir de esa fecha, la muralla careció de función defensiva y comenzó su derribo parcial. Fue precisamente Ferriol quien en 1908 planificó la unificación de la parte superior del parque con la inferior, denominada San Martín de Abajo, al destruirse un lienzo de la cerca defensiva. También diseñó los parterres del paseo y un bello y modernista templete para la música hoy desaparecido. La continuidad creada entre ambas zonas de esparcimiento deja patente la superación de la barrera psicológica del recinto amurallado y la progresiva unidad entre la ciudad intramuros y la extramuros.