Información general
La ciudad de Zamora, tan alejada de los grandes centros de poder, ha conservado un singular lote de construcciones románicas, perenne rosario de cuentas pétreas que jalona y acaricia el viejo núcleo medieval y sus arrabales. Algunos templos se han convertido en emblemas del estilo, es el caso de la chepa del escamado saurio que quedó fosilizado en su cimborrio catedralicio; otros han conservado un envidiable vigor juvenil inasible a sus prótesis, ocurre con Santiago del Burgo y San Ildefonso; los hay que sirven de cofre a joyas incuestionables, pasa con la Magdalena y su encantador sepulcro o con Santiago de los Caballeros y sus abigarrados capiteles del interior, pero todos siguen seduciendo por arte de la mudez justa y la seducción inapelable.
A mayores conservamos parcas antiguallas de arquitectura civil y otros testimonios defensivos en forma de puertas para franquear los sucesivos recintos amurallados. Nadie mínimamente sensible puede escapar a sus encantos, todos caerán rendidos ante las piedras de sus zócalos, tocados por la varita mágica del enamoramiento a primera vista y su posterior remembranza. Lo que servidor no recuerda es la primera vez que merodeó sus calles y se atrevió a abordar las naves catedralicias, buque escuela de gran eslora y hondo calado que, esperando lamer las aguas del Duero, quedó anclado en lo más alto de las peñas de Santa Marta para soñar singladuras eternas. Sus imaginarios periplos fueron heredados por viejos tripulantes y, con el paso del tiempo, empezaron a formar parte de las ensoñaciones de otros nuevos, revisitando paisajes distantes gracias al vuelo de las cigüeñas que señorean su arboladura rotunda.
Nos alegra pensar en esas aves blancas y crotorantes, cándidas guardianas del aire y eternas vigías del horizonte, capaces de salvar grandes distancias hacia todos los puntos cardinales. Son pilotos de largas distancias que ayudan a comprender el románico zamorano. Enfilan al este, surcando las grandes llanuras que conducen al camino francés y ascienden los collados pirenaicos comme il faut; al oeste, hacia Paços de Ferreira, disfrutando del bem que se padeçe y mal de que se gosta; al sur, hacia las catedrales de Ávila y Salamanca, congratulando a santos y caballeros de mesnada y dando vértigo al mismo mariquelo, y al norte, salvando los heladores aires de las colegiatas de San Isidoro y Santa María de Arbas del Puerto y acogiendo a los repobladores foramontanos, y también con los compostelanos, cargados de salitre y humedad borrascosa, onde chovían touciños, curados junto al santo dos croques que le tomaba el pelo —a dos cinceles— a Maestro Mateo.
El románico de Zamora ha sufrido lo indecible, pero se ha repuesto satisfactoriamente de traumas bélicos, expatriaciones y amputaciones, ha cargado con sabios indiscutibles y doctos impredecibles, ha soportado impertérrito nuestras conversaciones machaconas y nuestros comentarios rebuscados, nuestras cartelerías, nuestros automóviles, nuestros botellones y hasta nuestras meadas.